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Allí donde comienza el primer sistema en el trazado de signos se puede decir que empieza la historia de la grafología. Aunque en sus comienzos la escritura no estaba al alcance de la gente común, pueblos como Egipto, Babilonia o Israel ya impartían de forma general el lenguaje de la escritura.
La escritura nace de la necesidad del hombre de comunicarse y organizarse. Es por ello que el estudio de alfabetos primitivos nos ha aportado abundante información sobre la idiosincrasia del mundo antiguo. Igualmente, el arte como forma de expresión aporta conocimiento a todo tipo de investigadores sobre la cultura de civilizaciones pasadas. Según los expertos, la zona de Mesopotamia, lo que hoy se conoce como Irak, fue la cuna de los escritos e inscripciones más antiguos que se conocen.
Entre las vetustas ruinas de esta demarcación, los arqueólogos han descubierto algunos de los textos escritos más primitivos que se conocen. Millares de tablillas en escritura cuneiforme nos dan una clara idea de cómo era la vida en las remotas civilizaciones de Sumer y Acad y en la célebre ciudad de Babilonia. Según el arqueólogo Samuel N. Kramer, a los sumerios “les preocupaba el problema planteado por el sufrimiento humano, en especial lo referente a sus causas un tanto enigmáticas”.
Pero tratándose de llegar a conocer en función de indicios, sin ser eruditos o expertos, si analizamos la obra de cualquier autor seremos capaces de entrever también posibles inquietudes o circunstancias que hubieran condicionado su literatura, este es el caso de Shakespeare.
Sus creaciones reflejan un magnífico caudal de experiencia; por ejemplo, el despliegue que hace de términos y precedentes jurídicos denota dominio del derecho. En 1860, sir John Bucknill indicó en el libro Medical Knowledge of Shakespeare (El conocimiento médico de Shakespeare) que el autor sabía mucho de medicina; y otro tanto cabe decir de caza, cetrería y otros deportes, así como de etiqueta cortesana. Era, en palabras del historiador shakespeariano John Michell, “el escritor versado en todo”.
En sus obras se mencionan cinco naufragios, lo que aunado al empleo de términos náuticos da a entender que era un avezado marino. ¿Viajó el dramaturgo al extranjero? ¿Le obligaron a servir en la marina? ¿Colaboró en la derrota de la Armada Invencible de España en 1588? La respuesta afirmativa a cualquiera de estas preguntas respaldaría la paternidad literaria de Shakespeare, pero no hay pruebas firmes. Igual ocurre con su conocimiento del mundo militar, incluida el habla de los soldados de infantería.
Las citas de la Sagrada Escritura, muy notables en sus creaciones, pudiera haberlas aprendido de su madre, pero no hay indicios de que ella supiera leer. Ante los conocimientos bíblicos del autor, surge la pregunta de qué instrucción recibió.
Fue Shakespeare quien dijo: “Dame un escrito de mujer y te diré cómo es ella”. Seguramente no estaba pensando en las formas gráficas pero si es más probable que se fijara en el sentido del texto.
Tal y como demuestra el ejemplo presentado, en base a un determinado caudal de conocimiento y con buenas dosis de observación y discernimiento lógico seremos capaces de llegar a conclusiones que tal vez desentrañen algún misterio. Pero si nuestras dotes exceden lo normal, posiblemente seamos capaces de poner los cimientos para una futura disciplina científica.
Precisamente fueron estos ingredientes los que estimularon la investigación de los primeros observadores y analistas sobre el acto de escribir. Tenían curiosidad, preparación y unas dotes de observación por encima de lo normal.
Ya trescientos años antes de Jesucristo el filósofo griego Demetrio de Falera, decía en Atenas: “La letra expresa el alma”.
El historiador romano Suetonio, más conocido por haber narrado la epopeya de los Césares, hace unos comentarios muy interesantes con respecto a la letra de Octavio Augusto emperador de Roma.
“He observado en la letra de Augusto, que no separa las palabras y que no pasa a la línea siguiente las letras que sobran al final de una línea, sino que las coloca debajo, envueltas en un rasgo. Claro está, salvo esta aguda observación Suetonio no pudo asociar un significado”.
El arte de escribir, mucho tiempo después de que el imperio romano cesara como tal, decae, pues hasta los grandes señores del renacimiento no saben más que hacer la simple cruz de los analfabetos cuando firman documentos. No obstante, los monjes siguen realizando minuciosas copias de libros, pues la imprenta, durante este oscuro periodo aún no había hecho acto de aparición.
La primera cita propiamente grafológica la hallamos en el siglo XV, que es cuando comienza a decirse por Europa: “poner los puntos sobre las íes”.
Con ello se pretende expresar la necesidad de dejar las cosas claras y de aportar todos los detalles concernientes a un asunto, significación acorde con las leyes interpretativas.
Corría el siglo XVII cuando ya se publica el primer libro que recoge todos los conocimientos adquiridos hasta la fecha.
En el año 1622, Camilo Baldo, profesor de filosofía de la universidad de Bolonia edita: “Trattato come de una letra misiva si cognoscano la natura e qualitá dello scrittore”. A partir de la publicación de este libro, según Odoucet, se encargó a un extranjero que hiciese un estudio de la escritura de Luis XIV.
Este libro se tradujo al latín y en la lengua francesa se hicieron dos traducciones, una, la primitiva, realizada por el Abate Michón en 1876, y otra más reciente hecha por el grafólogo M.J. Depoin, aportando en su caso conocimientos más contrastados.
De aquí extraemos lo que transcribe también J. Crepieux Jamin en su obra: “La escritura y el carácter”.
“Decid a una persona que de la escritura de una carta íntima puede inducirse a un conocimiento exacto de sus pensamientos, de las costumbres y de la disposición de ánimo de quien la escribió y su primer movimiento será la hilaridad, o, por lo menos, de profunda estupefacción. Y, no obstante, si se dignase a reflexionar que todo efecto proviene de una causa, a la que se conforma, se vería obligada a convenir que no es imposible lo que dice el viejo proverbio; “conocer al león por la uña”.
La segunda obra de que se tienen noticias nace también en Italia. Aquí se recogen los estudios del cirujano Marco Aurelio Severinus, profesor de la universidad de Nápoles. Con el título: Tractatus de divinatione litteral.(Adivinador o tratado de adivinación epistolar), recuerda algo el subtítulo de la obra de Baldo.
En 1678 se publica por autor desconocido, en el Mercure Galant, Carta a madame de..sobre indicios que pueden sacarse de la manera de escribir de cada persona.
El filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) expresó:
“También la escritura expresa, casi siempre, de una u otra manera, el temperamento natural, a menos que no proceda de un maestro”. Refiriéndose en esta observación al impenetrable modelo caligráfico o escolástico de la época, totalmente impersonal.
En 1792 el también alemán Johann Christian A.Grohmann (1764-1847), profesor de Filosofía y Psicología en Wittemberg y Hamburgo trató de dar una explicación fisiológica al hallazgo del carácter en la escritura.
En estos años se hacen los primeros esfuerzos por madurar la ciencia de la escritura. Johan Wolfgang von Goethe (1710-1782), escritor y filósofo alemán se interesó por la escritura y sabemos que escribió a Lavater expresando su vivo interés por ahondar seriamente en el estudio de la misma.
Esta carta motivó a Lavater, conocido mundialmente por sus estudios en fisiognomía, a coleccionar autógrafos y observar con detenimiento el acto de escribir en concordancia con las expresiones artísticas y el lenguaje.
A las apreciaciones de Lavater se unieron más tarde las de el profesor de medicina Francés J.Louis Moreau de la Sarthe (1771-1826) editor de este en 1806. Las observaciones realizadas por él fueron insertadas en un capítulo referente a la escritura de un libro de Lavater, suponiendo estas desde el punto de vista actual, verdadera grafología elemental. Su contenido abarcaba veinte páginas.
Otro destacado precursor de la Grafología es Eduardo Hocquart, belga (nacido en Tournay, el 18 de Julio de 1787 y muerto en París en 1870). Su aportación es tan importante que todavía hoy contiene un elevado interés, ya que explica con todo género de detalles los gestos, más allá de lo que se dice.
Fue en 1830 cuando se creó la primera escuela de Grafología.
En 1863, M Henze, colaborador de Gazette de Leipzing, derrochaba ingenio en sus contestaciones a los consultantes. La historia de la Grafología le reconoce por su obra Chirigrammatomancie.
En 1871 se funda la Société de Graphologie de París. Se debe esta iniciativa al Abate Michón(Juan Hipólito Michón, 1806-1881), que un año más tarde publica la obra más importante escrita hasta el momento. A él le debemos no solo el nombre de Grafología sino también el primer estudio serio y sistematizado de las escrituras.
No obstante, cometió algunos errores que más tarde enmendó Crepieux-Jamin. Con todo, para muchos es el padre indiscutible de la Grafología.
La Grafología nace en Italia de donde esta corriente de investigación inicial pasa a Francia. Es en este país donde se desarrolla y alcanza la madurez hasta adquirir su talante científico. Con el tiempo, expertos de Inglaterra, Alemania, Suiza, Bélgica, Argentina, Colombia, Estados Unidos y España, fueron aportando experiencia y nuevos conocimientos al mundo de la Grafología. Actualmente esta ciencia se haya plenamente adaptada a campos tan diversos como la medicina, la psicología, la psiquiatría, el derecho, el sector empresarial o la policía científica, entre otros muchos.