¿Es posible pasar desapercibido?. Se ha escrito mucho y a través del cine también se ha tratado con especial interés el tema del delito perfecto. ¿Existe el delito perfecto?¿es posible actuar sin dejar huella?¿consigue la astucia borrar las líneas de investigación?. En la ficción unas veces los villanos engañan a la policía y en otras el ladrón o el asesino es descubierto. Pero en la realidad, lo cierto es que el ser humano deja un rastro característico allá por donde pasa sea que resulte fácil de percibir o que no.

Podríamos acercarnos a definir a una persona, por ejemplo, por factores tales como su música predilecta, la lectura que elige, su forma de vestir, la decoración de su casa, su forma de andar, de mirar, de gesticular, etc. Todos estos aspectos ya nos mostrarían más de un rasgo específico acerca de la personalidad del individuo en cuestión.

Pero desde hace muchos años no es necesario seguir tan de cerca el entorno o la propia fisiognomía de la persona para conocer particularidades sobre el yo íntimo. Tampoco hace falta emular a los agentes de C.S.I. en busca de pistas esclarecedoras. Ni siquiera hemos de tener a la persona presente para obtener información sobre él.

La respuesta es sencilla pero abarca todo un mundo de técnica, método y estudio, se trata de la grafología. La grafología es la ciencia que estudia la personalidad a través de la escritura. La escritura es comparable al lenguaje no verbal del cuerpo. Cuando observamos a alguien hablar vemos que sus manos pueden moverse hacia arriba, abajo, hacia sí o hacia los demás. Los gestos pueden ser contundentes o moderados y hasta encontraremos a personas que apenas gesticulen. Gesticulamos porque también nos expresamos por medio de nuestros ademanes, lo cual, constituye un lenguaje, y como todo lenguaje cada signo perteneciente a su código tiene una interpretación. Así por tanto, cuando indicamos hacia arriba o zona superior podemos estar haciendo referencia a temas tales como la autoridad, lo espiritual, el intelecto, los sueños, la imaginación, etc. Cuando lo hacemos hacia abajo; lo material, práctico, el dinero, lo seguro, lo palpable, etc.

Existen cuatro zonas a las que atribuimos simbolismos específicos de forma inconsciente y nuestros gestos o aspavientos van a tener una implicación según la dirección que adopten en estos espacios.

Con la escritura sucede exactamente igual. Hay gestos gráficos que pueden orientarse hacia cualquiera de estas direcciones representado exactamente lo mismo que puede ilustrar el lenguaje del cuerpo. Es, por decirlo así, dibujar en el papel nuestras expresiones no verbales de manera inconsciente. Sucede así porque los mismos mecanismos psicomotores que intervienen en la escritura lo hacen también en los gestos del lenguaje corporal.

Pero no todo se basa en las leyes de la simbología. La grafología es una ciencia compleja que divide la escritura en grupos y subgrupos teniendo en cuenta su morfología, lo que podríamos llamar; el esqueleto del manuscrito. Este esqueleto se compone, mencionando solo los grupos, por: tamaño, forma, dirección de líneas, presión, inclinación, velocidad, cohesión, impresión de conjunto, firma, rúbrica, inductiva(formas diversas sobre todas las letras que componen el abecedario), y gestos tipo(rasgos morfológicos particulares).

Así, con el conocimiento de estos elementos el grafólogo sabe identificar cada hueso por su nombre, lo cual, le servirá para unirlos correspondientemente. De esta manera tal y como el forense o el médico no solo saben que la tibia y el peroné son huesos de la pierna sino que también van unidos, el grafólogo identifica y asocia cada rasgo gráfico en su lugar apropiado.

El forense cuando ha medido, estudiado y enlazado todos los huesos de un esqueleto consigue reconstruir la masa ósea de la persona a la que sostuvo semejante estructura. A partir de aquí ya es capaz de decirnos si se trata de un adulto o de un niño, la edad, complexión, el cuidado dental y así un largo etc. de características.

A la escritura también la podemos comparar como una multitud de huesos dispersos. El grafólogo mide, identifica y une hasta componer el esqueleto que soporta la persona en sí. Pero este esqueleto no es un esqueleto cualquiera, pues cuando está reconstruido toma forma, vida en él, toda la verdad del ser humano que dejó su huella respirando en el papel. Entonces, la personalidad con su riqueza de matices deja de ser una impresión gráfica para convertirse en una realidad patente, y aun cuando la memoria de su autor sea cosa del pasado, todo lo que fue seguirá latiendo por venas de tinta.





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